poema de Javier Estévez.
Es curioso:
mi generación no quiere guerras
pero está huérfana de revoluciones.
Hoy nadie quiere ser poeta,
o mejor, el poeta,
en singular.
Sin embargo,
todos soñamos con que un poema,
un verso arrebatado de cualquier libro de Neruda
o de Benedetti,
se nos cuele por debajo de la camisa
y nos haga estremecer
como si fuésemos para siempre
un árbol desnudo de hojas,
que deja correr al viento,
que le permite que suba y baje por sus ramas
mientras canta,
mientras gime,
mientras se mece
y cruje
bajo la tarde inacabable.
Mi generación aún no sabe
que los ángeles sólo mueren en invierno
o que dios es una hermosa pregunta
que encierra demasiados silencios.
Es cierto.
No sabemos enfrentarnos a palabras como
Existencia,
Sucede
o Naufragio.
Aún así,
tiene su mérito
ser capaz de sobrevivir,
en esta habitación que es el mundo,
sin ponerle flores a los muertos,
entre la soledad de las metáforas
y la deriva de los cuadernos.
Porque nosotros nacimos cuando moría el invierno.
