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sábado, 25 de agosto de 2007
El despertar de Guía     

ImagePor Nicolás Guerra Aguiar

Si es cierta la afirmación de que los pueblos tienen lo que se merecen, a la ciudad de Guía (aquello de "Santa María de Guía de Gran Canaria" pertenece a los tiempos novísimos, los más nuevos) le esperan momentos de esplendor, de placidez y modernizaciones sin romper -como hizo a veces la vecina Gáldar- con sus elementos identificadores.


Allá en los primeros años de su propio nacimiento -dicen los especialistas que a finales del siglo XV- puede darse como iniciada la que recibirá el título de ciudad en 1871 y, en las primeras décadas del siglo XX, dominará el monopolio comercial del Norte, sobre todo en lo que a la agricultura se refiere. Prueba de su potencial económico son, por ejemplo, las bellas casonas que ocupan distintas calles principales, sobre todo en torno a la iglesia, en las pendientes de Marqués del Muni y la trasera.

Pero circunstancias muy distintas -que no entro a analizar en cuanto que están perfectamente estudiadas por el señor Estévez Domínguez- condujeron a aquella ciudad a cerrazones económicas, sociales, culturales y administrativas que la convirtieron en una especie de fortaleza inaccesible, a lo que sin duda contribuyó la inexistencia de una clase media con empuje mercantil que impulsara el desarrollo económico al margen de las anquilosadas fortunas de unas cuantas familias más interesadas en la conservación de sus bienes, sin espíritus renovadores o inversores. Recuerdo que en los años setenta se decía que las fortunas estaban en Guía, pero las visiones comerciales despertaban en Gáldar: por eso se establecieron en la segunda ciudad los bancos más poderosos, incluso los de segunda fila.

Fehaciente prueba de lo que afirmo en ese proceso de anquilosamiento y freno a las adaptaciones que la propia dinámica impone está, por ejemplo, en que la vecina Gáldar -carente de aquellos ilustres apellidos, conservadores por su propia condición- comenzó a desarrollar un inicial tráfico económico muy variado que la llevó, al paso de los años, a convertirse en el centro económico del Noroeste, categoría que mantiene hoy a pesar de los pesares, a pesar de que también fuera abandonada por la Coalición Canaria que gobernó en el Cabildo a lo largo de los años noventa, únicamente interesada en sus reinos de taifas, en sus monopolios de votos y que marginó el arrollador ímpetu galdense.

Pero lo cierto es que, gracias a aquellos nuevos inversores, fue cimentando una nueva clase social -incipiente burguesía- con ansias de expansión económica y, por tanto, creadora de puestos de trabajo. No hay más que desplazarse cualquier mañana de un día laborable a ambas ciudades: en la primera, en Guía, empieza ahora a verse algo de gente, algún que otro comercio nuevo que destaca, sobre todo, por la propia novedad de su aparición.

En Gáldar, por el contrario, la masa afluye a tiendas, establecimientos, mercado, supermercados, en un continuo ir y venir que a veces agobia, constriñe, condiciona en cuanto que necesita ya expandirse, abrirse a nuevas zonas, buscar espacios más amplios que coadyuven al desarrollo y, sobre todo, necesita prudentes e inteligentes políticas de aparcamientos, de servicios elementales, de racionales perspectivas de qué ciudad se quiere legar a los nietos, a quienes la ocupen dentro de cincuenta años.

Porque tengo la impresión de que, por el momento, no hay una visión de futuro planificada y estudiada con rigor, que permita su expansión y crecimiento pero de una manera discursiva, planificada, por supuesto que también recuperadora del pasado que científicamente es constatable y demostrable, pero sin apasionamientos ni desmesuradas exaltaciones de lo que no tiene rigor histórico. Y Gáldar, a diferencia de Guía, destrozó la mayor parte de su propiedad cultural, echó por tierra viejas casonas para construir cajones de dos plantas en su lugar, con absoluto menosprecio a todo lo que representaba parte de su propia identidad: ahí está, como insultante ejemplo, la vivienda del capitán Quesada, figura insigne que en Guía -estoy seguro- hubiera recibido otro trato más digno y respetuoso.

Pues bien: desde hace unos años -con prudente, inteligente y ágil parsimonia- Guía está levantando cabeza, parece que quiere salir del anonimato tras decenios de ensoñaciones y misticismos que a nada conducían. Y lo está haciendo el señor Bañolas Bolaños (¡ños con don Fernando!) quien ha conseguido, al fin, que se hable de Guía con bastante frecuencia, con más costumbre que hasta hace poco. Y, además, que se hable bien, de renovaciones, innovaciones, obras, embellecimientos, recuperaciones de nobles edificios en cuyos interiores reposaban -como en forzadas paradas- las minuciosidades y mínimos detalles que van haciendo a un pueblo recuperar su personal condición de tal.

Guía, sin duda, despierta del largo letargo que le habían impuesto quizás las vacuas tradiciones, los inoperantes anquilosamientos del pasado al que se quiere mantener lejos, muy lejos de los momentos que vivimos. Pero, parece, la luz de la inteligencia y los entendimientos se imponen en aquella ciudad de la que tan gratos recuerdos tengo por los entrañables amigos guienses (Juan, Eduardo, Víctor, Amado, Paco, Manolo, Isaac, Santiago?) conocidos en Gáldar, en el colegio Cardenal Cisneros hace, ya, cuarenta años.


FUENTE: artículo publicado en el periódico La Provincia del 24 de agosto de 2007.


Modificado el ( domingo, 04 de noviembre de 2007 )
 
 
 



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