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jueves, 26 de agosto de 2010
Lo Canario y lo Kitsch

Por Diego Talavera

Desde la Transición democrática de los setenta hasta hoy se ha producido en Canarias una proliferación de manifestaciones artísticas populares (folklore musical, artesanía, fiestas tradicionales, etcétera) que han sido calificadas muchas veces como expresiones de mal gusto, chabacanas, horteras y últimamente le han aplicado el término kitsch. Estas manifestaciones, fomentadas sobre todo en los municipios con gobierno de corte nacionalista (CC o NC, aunque también el PP y PSOE han caído en el mismo pecado), vinieron  acompañadas de una ideología de “lo canario” donde se ha fomentado erróneamente un sentimiento de identidad basado en el folclore barato del timple y los chochos, el traje típico “made in China” o los botellones gigantescos disfrazados de romerías.

Teniendo en cuenta, por ejemplo, que las únicas romerías documentadas como auténticas en Gran Canaria son la Fiesta de las Marías en Guía y la de San Vicente Ferrer en Valleseco (la romería-ofrenda a la Virgen del Pino fue un invento de Néstor Álamo en los años cincuenta y así lo reconoció él mismo en más de una ocasión), ¿no son un producto kitsch el resto de las centenares de romerías que se celebran en barrios y pueblos de la Isla surgidas como por arte de magia –y de los presupuestos municipales— en los últimos 30 años? ¿No son un producto kitsch las miles de agrupaciones “folclóricas” –la mayoría de ellas subvencionadas, porque ya se sabe: una agrupación, cien votos garantizados— que lejos de dignificar la música popular lo que hacen es denigrarla hasta el ridículo? ¿No es kitsch esa artesanía del balcón canario realizada de forma casi industrial para satisfacer a los turistas de bajo nivel que nos visitan? Y por último, ¿no es kitsch las docenas de esculturas, por llamarle de alguna forma, que decoran las rotondas de Telde, Ingenio, Agüimes o Vecindario?
     
Pero vayamos por  partes. La palabra kitsch, que surge en Alemania y se extiende por toda la Europa occidental durante los años sesenta, designa todo aquello que está fuera de lugar y proporción, o de mal gusto.  El producto típicamente kitsch, que comprende una variedad de objetos seudoartesanales  o industriales, implica lo que los alemanes llaman un ersatz; es decir, una sustitución no válida, o mejor una falsificación. La palabra kitsch se ha incorporado a otros idiomas precisamente por ser intraducible y está emparentada con el español cursi o el francés gaffe.
    
El escritor austriaco Hermann Broch  definió el término kitsch como una forma de mentira artística, pero al mismo tiempo planteó que quizás sin unas gotas de kitsch no pudiera existir ningún tipo de arte. Umberto Eco añade que el kitsch, además del mensaje en sí, influye en “la intención con la que el autor lo vende al público”, esbozando una definición del kitsch como una “comunicación que tiende a la provocación de un efecto”, por lo cual muchos teóricos lo han identificado con la “cultura de masas” del mundo capitalista frente a una cultura superior o de élite. Y señala que la industria cultural vende “efectos ya confeccionados”, es decir, “no vende ya obras de arte, sino sus efectos”.
    
Eco relaciona certeramente el kitsch con el concepto de cultura media o seudocultura elaborado por el sociólogo norteamericano Dwight MacDonald, quien llega a considerar dentro de esta categoría incluso a obras como El viejo y el mar de Hemingway, que analiza implacablemente y compara desfavorablemente con las primeras obras del autor.  Análisis similares se han aplicado a obras consideradas maestras como El Gatopardo de Lampedusa, los cuentos de ciencia-ficción con pretensiones poéticas de Ray Bradbury o la Rhapsody in Blue de Gershwin, comparada desfavorablemente con sus maravillosas canciones populares.
    
Si aplicamos el análisis de lo kitsch y de la cultura media o seudocultura a la mayoría de las expresiones populares canarias de las últimas tres décadas sacamos la conclusión de que éstas han sido una gran mentira artística. Lo que ha importado no ha sido lo auténtico, lo documentado, sino sus efectos secundarios. ¿Quieren una romería o una bajada de la rama? Pues se organiza una romería o una bajada de la rama y aquí paz y en el cielo gloria, es el argumento simplista que utiliza una clase política mediocre para satisfacer a sus electores. Y esto ocurría a veces en detrimento de una fiesta auténtica que poseía valores históricos o etnográficos, pero que estaba lejos de satisfacer las ganas de borrachera lúdica que demandaban las “masas populares”.
    
Los ejemplos de la expresión kitsch en las fiestas populares canarias se han multiplicado este verano hasta límites insospechados. Leo en este mismo periódico que en Tunte han inventado una “bajada de los tiznados”, una fiesta que, imagino, en el plazo de unos años será masiva. Como es masiva en la actualidad y a veces con problemas de orden público la “traída del agua” que unos jóvenes idearon para divertirse a finales de los sesenta en el barrio teldense de Lomo Magullo. Al fin y al cabo,  qué es la vida sino un carnaval.

Modificado el ( jueves, 26 de agosto de 2010 )
 
 
 



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