Pedro
González-Sosa
De todas las epidemias que azotaron las islas Canarias en el siglo XIX dos fueron las más cruentas, las que tuvieron gran virulencia, las de mayor incidencia en la población. Las que causaron mayores estragos: la de fiebre amarilla, de 1811 y la del cólera morbo de 1851. Al menos ocurrió así en la entonces villa de Guía, donde fue muy elevado el número de víctimas mortales. Si bien otras epidemias de fiebre amarilla y de cólera que se presentaron también en el pasado siglo, su huella se dejó sentir la desolación, aunque en menor proporción, e hizo mella entre los vecinos.
