lunes, 11 de agosto de 2008
PSICOGRAFÍAS
“Sin escucharnos es imposible que aprendamos”

El ruido

Santiago Gil

 
No voy a escribir de los trinos festivos de los pájaros ni de la música de Bach. Tampoco de los cantos de una parranda, de los bandoneones que desgranan tangos o de un guitarreo rockero de Jimi Hendrix. El ruido es otra cosa, y además nunca lo elegimos nosotros. Hablo de la moto que a las cuatro de la madrugada pasa bajo tu ventana haciendo temblar la casa, o del machango que está empeñado en ponernos a toda pastilla en su coche la música que le devuelve directamente a la selva.

 Si vas al cine, lo más probable es que te toque cerca algún pesado que no para de retransmitir la película o de sacar paquetes de cualquier cosa supuestamente comestible. En la guagua ya casi todo el mundo va hablando por el móvil, siempre y cuando no te toque un conductor con gusto por las rancheras o por las pachangas de verbena. En ese caso no hay conversación que se salve, ni tampoco libro o periódico que aguante los decibelios. Se entiende que pagamos para viajar, y, si nos dejan, para disfrutar del paisaje, pero últimamente estamos confundiendo los conceptos y lo mismo te toca un discjockey en una guagua que un orador impenitente en el cine o en el teatro. Los conciertos, sobre todo los de música clásica, son caso aparte. Yo a veces no sé si la gente va a toser o a escuchar un pizzicato de violín. Fue sonada, recuerdo, la parada en seco del director Christian Thielemann en el Festival de Música de Canarias de hace dos años. El hombre notaba cómo cada quince segundos se le colaban toses que no reconocía en las partituras, y, claro, lo que se estaba escuchando sonaba a rayos. Y no es que con esto esté diciendo que la gente se asfixie, pero, hombre, siempre se puede llevar un caramelito en el bolsillo. Lo que no es de ley es que también acabemos matando a Chopin y a Mozart con nuestros desplantes y nuestras malas costumbres.

Ya, ya sé que soy un poco maniático del ruido, lo reconozco, pero estarán conmigo en que estamos dejando que los ruidosos hagan lo que les dé la real gana. No vamos a cargarnos los coches o las motos, pero creo que sí debemos exigir que su utilización no conlleve un ataque a nuestro descanso. O igual lo que pasa es que estamos intentando no escucharnos por miedo a reconocernos. Pero, claro, sin escucharnos es imposible que aprendamos nada de nosotros; lo mismo que sin el silencio tampoco podremos acercarnos a los libros, a la buena música o a la naturaleza. El ruido sólo contribuye a que estemos cada día más agresivos y más embrutecidos. Y no es que pida que regresemos a la noche de los tiempos, pero sí sería todo un detalle por nuestra parte mantener a salvo la armonía que, entre largos y sabios silencios, todavía transmiten algunos de nuestros abuelos.

CICLOTIMIAS

No busques fuera. Todos los extravíos acontecen en tu propio laberinto.

 
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PUBLICADO EN CANARIAS7


Modificado el ( domingo, 17 de agosto de 2008 )