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domingo, 02 de marzo de 2008
DETRÁS DE LAS VENTANAS
Música de Papagüevos II


Santiago Gil


 
Las calles de nuestra infancia también estaban pobladas de sombras. Uno a veces tenía la sensación de estar pisando los mismos pasos de otros que nunca conocimos, antepasados que también subirían y bajarían esas mismas cuestas con el ánimo ciclotímico de cada momento. Ni siquiera a última hora de la noche, con el pueblo vacío y silencioso, te llegabas a sentir solo en el mundo. A veces tengo la sensación de que hay ciertas corrientes de aire que mantienen habitadas cada una de las esquinas del casco histórico guiense, y lo más probable es que hasta nosotros mismos formemos parte de esas presencias abstractas y algo fantasmales que casi siempre se acaban confundiendo con los recuerdos.

También estaban todas aquellas mujeres que miraban desde las ventanas. Algunas jamás salían a la calle, o lo hacían sólo para ir a misa y cumplir con los mandatos de la iglesia. No hacía falta que levantaras la vista para saber que te estaban mirando, a veces ocultas detrás de visillos o postigos, y otras directamente apoyadas en el cristal, pálidas y casi siempre tristes. Supongo que muchas de ellas estarían penando males de amores, depresiones mal curadas o viudedades que entonces suponían poco menos que una condena o casi un entierro en vida. Las menos escondidas nos saludaban tímidamente con la mano, pero a nosotros nos daban miedo sus ojos cavernosos y sus gestos sombríos. No nos dejaban ver nunca a los muertos, pero siempre supusimos que serían como aquellos espectros que nos miraban desde las casas en penumbra. Alguna vez nos contaban la historia de la encerrada o el encerrado, falsas leyendas y mitos que se iban llenando de mentiras increíbles y de toda clase de exageraciones. Me imagino que casi todos aquellos espectros de mi niñez ya habrán muerto, o igual ya estaban muertas entonces y siguen asomadas a los mismos ventanales entornados de la calle del Medio o la calle del Agua.

En esas muchas idas y venidas entre San Roque y La Plaza siempre nos encontrábamos con Delfi asomada a su ventana, con un cojín para apoyar sus brazos, y con otro sobre la silla que la elevaba y la hacía sobresalir desde que uno venía a la altura del callejón de León, en caso de que subiéramos, o desde la panadería o el bar de Pepe Flores cuando bajábamos camino de la Plaza. Delfi no se escondía. Supongo que su vida fue un eterno desconsuelo por los amores que no podía tener y por los viajes que jamás se atrevió a realizar. Su joroba y sus torpes andares, sin embargo, la acercaban más a los sueños. A los niños nos encantaba pararnos debajo de su ventana, apenas a un metro de la acera, para escuchar sus aventuras inventadas o las muchas referencias familiares de nuestros ancestros que iba rememorando. Su figura desgarbada y contrahecha forma parte del paisaje diario de nuestra infancia. A ella le gustaba estar siempre elegante, supongo que por si aparecía el amor de su vida: no hay vida que resista si no conserva, aun en lo más remoto de su deseo, el deseo de la aparición de una mirada, un perfume o un gesto que le dé sentido a nuestra existencia.

Con los años compartí con Delfi la afición a coleccionar sellos y a soñar que cada una de aquellas estampas mataselladas había llevado noticias que, en muchos casos, seguro que cambiaron el curso de la vida de sus destinatarios. Incluso me regaló uno de mis más preciados tesoros: numerosos sellos matasellados y luminosos de principios de siglo y de la Segunda República. Esa afición también la compartía con nosotros Sergio Aguiar Castellano, quien desde niño ya mostraba las mismas querencias por todo lo que oliera a pasado y a memoria de otros tiempos. Yo dejé de coleccionar sellos a los dieciséis o diecisiete, supongo que por desear descubrir cuanto antes ese mundo que soñaba como lo hacía Delfi cada vez que dirigía la lupa sobre una efigie de Brasil, de Venezuela o de Francia. Me imagino que en los setenta o principios de los ochenta ella debía andar ya por encima de los sesenta años. Luego yo me fui de Guía y con los años me enteré de su muerte, mucho tiempo después de que sucediera. Esa es una de las cosas que peor se llevan en la distancia: las noticias diferidas y los ritos que uno querría haber cumplido por lealtad a la persona que un día formó parte de nuestra vida diaria. Me ha pasado hace poco algo parecido con Luis Castellano, con quien junto a Carlos Aguiar y al ya citado Sergio me acerqué a la literatura a mediados de los ochenta. Luis escribía de maravilla, y sobre todo era un tipo culto y tremendamente humano. El jodido cáncer también se lo ha llevado por delante sin respetar edades o proyectos. Me quedan sus pausadas palabras de tantas noches hablando de Rayuela de Cortázar, del Rojo y Negro de Stendhal o de alguna novedad editorial más o menos de moda. Hacía muchos años que no hablábamos: es lo de siempre, que pensamos que vamos a tener todo el tiempo del mundo para recuperar viejas amistades y cuando menos te lo esperas aparecen las parcas y se lo llevan todo por delante.

Pero estábamos hablando de Delfi. Y me acordaba de ella por la ternura y la complicidad de su presencia diaria, tan distinta a las tétricas siluetas que nunca salían de las cárceles de sus casonas blasonadas. Uno recrea esas idas y venidas por las calles del pueblo y le parece que anda recordando una de aquellas películas que nos ponían los domingos en la matiné del Hespérides, o un libro leído hace muchos años. No parece cosa de la realidad, sobre todo cuando lo pasamos por el tamiz de estos tiempos tan tecnificados y ultramodernos. Añoramos esos ritmos y esas presencias, incluso las más sombrías. La realidad parecía mucho más literaria, y de hecho a veces pienso que si escribo es por la propia inercia de esos años, que lo hago para no dejar morir aquella convivencia con las sombras y las leyendas a la que me acostumbré de niño. Incluso más de una vez, cuando recreo un diálogo, me recuerdo como mismo hablaba con mis abuelas o con Delfi durante horas. No eran como esos mentecatos o esas cursis que se empeñan en hablar con los niños como si fueran idiotas. Ellas lo hacían de tú a tú, valorando nuestra imaginación y contándonos sucesos que nos mantenían con los ojos en vilo hasta que terminaban de aclararse. Seguramente de ahí viene todo lo que escribo. De aquellas voces. De aquellos ecos no olvidados. De tantas tardes escuchando a mi abuela Bárbara inventándose el mundo sentada debajo de un nisperero.

3 de marzo de 2008.

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Diseño gráfico de José Miguel Valdivia.


Modificado el ( domingo, 02 de marzo de 2008 )
 


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