Inicio arrow Prosa arrow Relatos arrow Mi tía Quica y Paco del Macho. Por Braulio G. Bautista Ciudad de Guía, 19 de agosto de 2018

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sábado, 02 de febrero de 2008
MI TÍA QUICA Y PACO EL DEL MACHO


Por Braulio García Bautista.

Había invitado a Pito Juan y a Pepe Matías, palomeros más veteranos que  un servidor, a subir a la azotea de casa de mi abuela para  ver como “trabajaban” unos  ladrones de mi propiedad que usaban las torres de la iglesia como atalayas. Eran un par de ejemplares preciosos: uno “aspiado” (jaspeado) y el otro “pintorriado” (pintorreado) y los  había traído, todavía piando, de la lejana casa de Baltasar (Saro)  Ruiz, el Practicante. 

Atravesamos el zaguán  de la casa charlando animadamente sobre nuestra común afición, subimos  el primer tramo de las escaleras y, cuando ya estábamos a punto de empezar a subir el tramo de madera, hizo su aparición en lo alto, con las manos en jarras, mi tía Quica, quien nos preguntó desabridamente: “¿Dónde se creen ustedes que van con esos zapatos todos “embarrulados”, eh?... ¿Tú no sabes que hoy es viernes y que se le da gasoil a toda la casa?”... “Venga, carajo, ya se pueden ir yendo con viento fresco que aquí no me entra nadie… ¿estamos?”

Pito y Pepe Matías se despidieron de mí, muertos de risa, imitando la estridente voz y exagerando los gestos furibundos de mi tía y yo me quedé “azocado”en la puerta de la calle, pues estaba “chispiando”, más cabreado que un mono, rumiando mi viejo rencor hacia la “solterona amargada” de mi tía.

Tal vez debiera decirles, para aquellos que no lo sepan, que Cea (por Mercedes) y Quica (por Francisca) eran mis dos tías “casaderas” y que ambas estuvieron al frente de la central telefónica de Guía durante muchísimos años. Cea, la mayor, era más amable, pero Quica tenía un carácter del carajoparriba y a mí me tenía muy jodido con su manía de restringirme las visitas al palomar. Además de las horas en que ejercía de telefonista ante el cuadro de la centralita, Quica tenía otras ocupaciones: se encargaba de recibir y entregar la ropa que le traían, para limpiar en seco o teñir, como  sucursal en Guía   de la afamada Tintorería Nuria, cuya central estaba en la entonces lejana capital (dos horas y pico en los lentísimos Leyland de AICASA) y también  vendía velas, velones, cirios y hasta alguna que otra pierna o mano de cera, de las que compraban los fieles para pagar sus promesas.

En realidad,  a Quica sólo se la veía  plenamente feliz cuando estaba con las santurronas que formaban  Las Hijas de María, o merendando con los curas salesianos y doña Eusebia- la benefactora del pueblo… sí hombre, la que nos trajo  “el hongo” que curaba el cáncer-. La pobre de mi tía se “pirriaba” por una sotana, pero su actitud devota, la unción que mostraba en los actos litúrgicos, se esfumaba en cuanto yo trataba de entrar con amigos palomeros a  “emporcarle toda la casa”. Entonces se transformaba: le soltaba riendas a la lengua y nos echaba sin contemplaciones, algunas veces, incluso,  si no la obedecía de inmediato, esgrimiendo con determinación el palo de la escoba.

Así que estaba yo, como les venía contando, en la puerta de la casa de mi abuela, planeando mil venganzas, cuando en esto veo aparecer, doblando la esquina de Delfinita, a Paco acompañado, como siempre, de su inseparable y apestoso macho cabrío. Inmediatamente se me encendió el bombillo y, en los pocos metros que tuvieron que recorrer para llegar a mi altura, yo le di forma a mi imperiosa necesidad de venganza.

Antes tengo que aclararles que Paco no lucía, precisamente, como luce hoy en día, que lo tienen limpito que da gusto verlo. No, el hombre en aquel momento traía  unas botas herradas llenas de barro, ropa zurcida y parcheada de labranza, un saco de papas por la cabeza, a modo de impermeable con capucha, y en una mano una vara pulida y en la otra, la soga con la que tiraba de su díscolo medio de vida…Oigan, y si el dueño venía “embarrulado” hasta el tobillo, no quieran saber como venía el macho, que, siendo blanco y gris, traía encima un casi completo color “caneloso”, de todo el barro que portaba desde las pezuñas hasta el comienzo de sus cuernos mochos.

Del animalito en cuestión, les puedo asegurar que, ya antes de doblar la esquina, uno sabía que se acercaba pues le precedía su nauseabundo hedor, mezcla del almizcle que segregaban sus potentes gónadas y del orín con que suelen perfumarse los cabrones para hacerse más atractivos ante las cabras. La gente, cuando se cruzaban con ellos, se tapaba la nariz y exclamaban “¡Fooo, coñooo... chacho, Paco, jechale colonia al macho!”, a lo que él solía responder maldiciendo por lo bajo… ¡Más te jiede a ti el pájaro y yo no te digo na!

“Oye Paco, que dice mi tío que subas, que tiene una machorra “pidiendo”- le dije todo excitado, paladeando ya mi trastada-. Paco me miró con cierto recelo, pero le aguanté la mirada sin inmutarme. “¿Y dónde la tiene?”- me preguntó todavía desconfiado, sabiendo como sabía que yo era un punto filipino de mucho cuidado- “En la “zotea”… sube por ahí”- le dije con fingida naturalidad- y el pobre Paco atravesó el zaguán y empezó a subir las escaleras tirando del reacio semental. Yo en un principio pensé no subir detrás de él y esperar en la calle el resultado de mi gamberrada, pero después decidí que no me podía perder el espectáculo que se avecinaba y los seguí escaleras arriba.

Mi tía Quica estaba en la cocina delante del pollo, trasteando en el fregadero y dándole la espalda a la puerta, pero, de pronto, se quedo como petrificada,  olisqueó el aire como un animal que presiente el peligro,  se dio la vuelta rápidamente y se quedó horrorizada, ante el cuadro que aparecía ante sus incrédulos ojos… ¿Pero qué coño  hacía Paco con aquel apestoso animal en la puerta de su impoluta cocina?- debió de preguntarse, hasta que  localizó mi rubia cabellera asomando detrás de la figura de Paco-… Se produjo entonces ese cinematográfico silencio que precede a toda sangrienta tragedia, y el que  lo rompió, ya oliéndose lo peor, fue el pobre Paco: “Buenas Mariquita, ¿dónde está la machorra?”…”¿La machorra?...¡La machorra es la madre del hijoputa ese” –respondió mi tía señalándome fuera de si y agregó, gritando como una posesa- ¡¡¡Fuera de mi casaaaa, coñooo!!!... Y tú, vete preparando con tu padre, desgraciado, delincuente, sarasa… que te voy a coger todas esas palomas y me voy a hacer una sopaaaaa… y usted, bobodemierada- volviéndose a Paco- ¿como se deja engañar por el “chiquillaje” este, si todo el mundo sabe que es carne de horca y que  va a acabar en el reformatorio?”… Mientras gritaba se armó con la escoba y empezó a darle mandobles al despavorido macho-  hasta creo que el mismo dueño se llevó algún que otro escobazo-  entonces yo, viendo el cariz que tomaba el asunto, puse pies en polvorosa y escapé de la masacre por los pelos.

Una vez en la calle, doblado literalmente de la risa, aunque también un poco asustado con las posibles consecuencias de mi acción, contemplé horrorizado como se abría la ventana de la sala de la casa en el piso alto y se asomaba Quica quien, a voz en cuello,  me siguió regalando con un montonazo de improperios y maldiciones, sin reparar en  que estábamos frente a su querida la sacristía… a unos metros escasos del camerín de la Virgen, objeto de su veneración más profunda.

La gente que estaba comprando en la tienda de Antoñito el Pájaro se arracimó en la puerta del pequeño establecimiento para indagar sobre el origen de tamaña escandalera; el piano de doña Dulce y la voz que, sobre sus notas, solfeaba monótonamente, enmudecieron de pronto; y hasta Perico el Barbero y un cliente al que estaba afeitando- con toda la cara enjabonada y el paño blanco alrededor del cuello- se asomaron a la esquina… Entonces, ante la dimensión que estaba tomando el asunto, decidí poner más tierra de por medio y me fui corriendo a refugiarme al  barranco,  y no volví de allí hasta que empezó a oscurecer y el miedo a las tinieblas pudo más que el temor a las represalias.

Obviamente, Paco y su macho llenaron de barro los suelos ya limpios de las escaleras y del pasillo hasta la cocina, pero lo peor fue el olor… tuvieron que dejar las ventanas abiertas durante mucho tiempo para que se ventilara la casa de mi abuela y desapareciera aquel penetrante y fétido aroma que lo cubría todo.

Mi otra tía, Canca (por Carmen) tuvo que emplearse a fondo para impedir que Quica, llevando a cabo su terrible amenaza, le retorciera el pescuezo a mis palomas, las desplumara y se fuera haciendo sopa de pichón hasta que se le pasara el cabreo. Pero lo peor para mí, fue que  tuvieron que transcurrir por lo menos tres o cuatro largas semanas hasta  que pude volver a subir a la azotea para ver a mis queridas ladronas… Por supuesto, sin Canca, mi valedora, protegiéndome de los “abanazos” de la todavía “insultada” Quica,  jamás lo habría conseguido.

En cuanto a mi padre, la cosa no pasó de un ligero tirón de orejas, creo que en el fondo le hizo gracia mi mataperrería. Según supe, por boca de parientes cubanos con quienes mi padre compartió infancia en Güira de Melena, yo tenía a quien salir, el viejo también fue una buenísima ficha…Y es que ya se sabe: “Hijo de gato, caza ratones”.

Años después, cuando la profesión me llevó a vivir al otro lado del charco, me llegó la triste noticia de que mi tía Quica  había sido atropellada en Las Palmas por una guagua, que le tuvieron que amputar una pierna y que había muerto poco después de la operación. Fue una pena porque, para entonces, ya casi se había olvidado de las gamberradas de las que fue objeto y, cuando yo volvía por Guía, mantenía conmigo una correcta, aunque poco cariñosa, relación. No tengo que decirles que el día que me enteré de su trágica desaparición, me arrepentí, muy sinceramente, de todas las faenas que le hice a la pobre vieja.

De todo lo relatado aun puede dar fe Paco, quien, ya sin macho, y convertido en un anciano lustroso, todavía se acuerda de la baladronada que le jugó el hijo de Antoñito el del Molino. No hace mucho me planté ante él, que estaba sentado en el banco donde descansa para los siglos Charlot, el hermano de Tomasín,  y le dije: ¿Paco, sabes quién soy …?  y me respondió, después de ajustarse las gafas y achicar sus pupilas cansadas: “Claro que sé quien eres, rebenque…¡eras más malo que la quina!”.

Ha dicho.


Modificado el ( jueves, 01 de mayo de 2014 )
 
 
 



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