Inicio arrow Prosa arrow Reflexiones arrow Sin recuerdos de la lluvia. Javier Estévez Ciudad de Guía, 18 de agosto de 2019

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domingo, 02 de diciembre de 2007
Sin recuerdos de la lluvia (reflexión)

Javier Estévez

…el agua por el barranco…”

                                                                                         Néstor Álamo

El poeta argentino Juan Gelmán, reciente Premio Cervantes vomitó una vez el siguiente aforismo: Lo contrario del olvido no es la memoria, sino la verdad. Y yo, como confío plenamente en el verbo del poeta y en los registros almacenados en los pluviómetros, me animo a desmitificar de una vez por siempre, ese secular conjuro que reúne a la memoria y a la lluvia: antes, no llovía más.

 Al oír el repiqueteo sigiloso de las gotas abandonadas por una lluvia medrosa sobre los cristales, recordé como, en el año 2000, mientras participaba en un proyecto de ordenación territorial, tuve que realizar un informe bioclimático que puso en mis manos un caudal de datos pluviométricos que abarcaban todos los años transcurridos desde 1930 hasta 1999. La estadística me desveló, contundentemente, que la memoria colectiva sobre el clima es muy cuestionable pues, desde el paisaje que revelaban los registros pluviométricos consultados, cualquier tiempo pasado nunca fue mejor. Certifico que  mi generación no ha sufrido las volcánicas sequías de 1937, 1938, 1948 y sobre todo, 1961, año en el que no es que lloviera poco sino que ¡no llovió absolutamente nada! Es cierto que la década de los años cincuenta fue extraordinariamente pluviosa, pero los registros de 1992, 1993 y 1996 son muy superiores a los de la década de los cuarenta, los sesenta, los setenta y los ochenta. La conclusión que extraje, a la luz de los datos, era simple: esas lluvias bíblicas y prodigiosas del pasado sólo estaban registradas en ese complejo sistema de interconexiones neuronales donde cohabitan  la memoria colectiva y la imaginación.

 Este último desenlace desembocó irremediablemente en la siguiente tesis: ¿por qué existe entonces esa percepción colectiva de un pasado más lluvioso?

 Desde el año 1960, en que empezó a desarrollarse la geografía de la percepción y del comportamiento, han ido apareciendo diferentes estudios que tienen como base la percepción, la imagen y el comportamiento espacial. Son conceptos que se sustentan en una corriente de pensamiento geográfico que se interesa por los distintos esquemas perceptivos e imágenes mentales que tienen los individuos respecto al territorio donde habitan.

 De este modo, la respuesta a mi pesquisa no es nada compleja y descansa en un razonamiento colectivo sólidamente lógico: todos aquellos conciudadanos a los que solicité  un argumento que justificase objetivamente esa pluviosa percepción del pasado, evocaron, de manera inequívoca y casi unísona, la imagen de los barrancos corriendo. Es decir, se puede enunciar esta sencilla  asociación que para muchos norteños es la prueba irrefutable donde reposa la verdad de su apreciación: antes llovía más porque en el pasado los barrancos corrían más. Y en este punto no les falta razón: la última vez, por ejemplo, que el barranco de Guía sintió el transcurso del agua por su espalda fue en enero de 1995. Hace ya casi trece años que no baja, ni equivocada, una gota de agua por su cauce. Nunca antes el barranco había resistido semejante estiaje y sed.

 Vuelco en el papel una reflexión que escribí hace ya unos meses: Hoy por hoy, los barrancos constituyen el concepto espacial que globalmente caracteriza el paisaje de las islas, tanto por su representatividad geomorfológica como por su referencia cultural. En ellos tienen lugar expresiones de todo lo positivo y lo negativo de la relación del ser humano con su entorno: desde su extrema y absoluta dependencia para su subsistencia, hasta su modificación y, en algunos casos, su total transformación y degradación.

 Basta con cerrar los ojos e imaginar una escena cotidiana de ese pasado; donde tras una habitual tromba de agua, el barranco baja turbio de lado a lado. Las acequias, que rayan todo el municipio, cargan cientos de azadas que, entre canales, buscan una boca que las vomite sobre los amazónicos cultivos de plataneras. Los riscos y barranquillos ofrecen cientos de nacientes y manantiales, ocultos siempre tras el verde detenido de las ñameras y los berros. Los pilares aún resisten entre el sonido ferroviario que expelen los motores que delatan la actividad extractiva de los pozos. El agua y sus consecuencias siempre estaba presente en el paisaje. No es de perogrullo afirmar, en dialecto cotidiano, lo siguiente: antes corría más el agua por los barrancos porque antes había más agua. Sin embargo, no llovía más.

¿Por qué desapareció, entonces, tan drásticamente el agua de nuestro paisaje cotidiano? Temo, parafraseando a Bob Dylan, que la respuesta, amigo, está sumergida en la vertical oscuridad de los pozos. Nunca imaginó aquel religioso ilustrado de nombre Pedro Gordillo Ramos, que el decreto aprobado el 11 de julio de 1811, por iniciativa suya, que permitía la apertura de los primeros pozos en Gran Canaria, tendría, a la larga, un efecto devastador sobre el paisaje y su memoria. Casi doscientos años después el resultado de su decisión, es una epidermis agujereada como un colador y una isla con la mayor densidad del mundo en número de pozos por hectárea. Ésta es la herencia de la hidrófila platanera y de la irrupción de un fenómeno económico y social, el turismo, que en sólo unas décadas consumiría tanta agua como la vertida en las parcelas agrícolas a lo largo de sus más de 500 años de historia. De repente, nuestras entrañas se llenaron de vacío. Donde hubo agua, sólo quedó su eco. Aquella isla que se comportaba como una esponja tenaz y prodigiosa, pasó a ser en unas décadas, un desierto por dentro y una geografía desolada por fuera. La isla dejó de escupir agua porque su saliva simplemente desapareció.

En Inglaterra comentan muchos naturalistas, entre suspiros, que la revolución agrícola e industrial devastó sus bosques pero que, afortunadamente, conservaron de manera terca sus árboles. Nosotros, desgraciadamente, podremos desmontar la leyenda que registra más lluvia en el pasado, pero tendremos que aceptar  la naturaleza anfibia de nuestros mayores. Antes, sí que había más agua.

 



 

Modificado el ( miércoles, 04 de junio de 2008 )
 
 
 



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