Inicio arrow Prosa arrow Relatos arrow La verbena. Por Braulio G. Bautista Ciudad de Guía, 19 de agosto de 2018

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sábado, 01 de diciembre de 2007
LA VERBENA

 Por Braulio García Bautista.

Aquel día decidimos irnos de verbena a Bañaderos. Pocos alicientes, en cuanto a diversión se refiere, tenía la vida por entonces para una pollada como la que nosotros formábamos, como para que, encima, dejáramos escapar una verbena, un asalto, un vermouth… un jodío baile, en definitiva.

Creo que en esta ocasión íbamos Luis Miguel “Pan de a Perra”, Luis “Sardina”, Manolo “El Papío”, Antonio “El Barrabas” y yo. Sí, por supuesto, yo también tenía nombrete, o dichete: me llamaban “Yul Brynner”, porque todos los verano me pelaba casi al cero. Lo bueno de ese mote era que en cuanto me crecía el pelo ya no tenía razón de ser y dejaban de usarlo para zaherirme.

No puedo precisar como llegamos a Bañaderos. Probablemente tomamos el coche de hora y nos plantamos allí con bastante antelación, porque  lo que si recuerdo, claramente, es que  estuvimos echándonos unos “guanijais” en uno de los bares que había a la orilla de la carretera que atravesaba, y atraviesa, al costero vecindario.

De pronto hasta donde estábamos “beberretiando” llegaron las primeras notas del Islas Canarias, señal inequívoca de que el bailongo iba a empezar. Antes nos habían ido llegado los agudos aullidos, los acoples,  de la exigua  megafonía colgada en los árboles de la plaza y los reiterativos “Probando, probando… uno, dos, tres”, así que ya estábamos pagando la cuenta- a riguroso escote, o estilo Guía- cuando, como les decía, sonaron las estentóreas notas de la trompeta de Juan Mejías atacando en el solo inicial del machacado pasodoble.

Salimos en tropel del bar y corrimos hacia la plaza. Ya había un par de parejas marcándose nuestro “casihimno”. Se desplazaban por todo el recinto aprovechándose de que aun no tenían competencia. Ellas un poco avergonzadas y ellos, con la boina abandonada en la coronilla y el Kruger o el Mecánico Amarillo en la comisura de los labios, claramente inspirados por los rones con los que acababan de cauterizar, como todos lo días de Dios, sus sufridas gargantas. Competían en forzadas evoluciones, pero eso sí, muy serios, dramáticamente serios diría yo, como si en vez de estar bailando, hubiesen estado velando a un difunto.

Ya algunas madres estaban sentadas en las sufridas sillas de tijera dispuestas alrededor de la plaza y al lado de cada una de ellas, en actitud sumisa, sus  endomingadas pibitas con trajes estampados y rebequitas de punto casero o de angorina, porque llegaban del mar unas rachas de brisa muy frescas y no era cosa de trancar un constipado. 

Decidimos que aun no había “material” que justificara el  pagar un duro por la entrada, así que nos volvimos al bar y nos echamos otra botella de vino Brillante  con unos enyesques de carne compuesta y unos manises que el dueño del bar desparramó desdeñosamente sobre el mostrador “enforrado” con plancha galvanizada.

Para cuando volvimos a la plaza, la verbena estaba en todo su apogeo. En ese momento la orquesta atacaba un tema muy en boga: “Siga el baile siga el baile, de la tierra en que nací, la comparsa de los negros al compás del tamboril”… y la verdad es que se le iban a uno los pies detrás del contagioso ritmo. Pagamos apresuradamente la entrada  y nos metimos de cabeza en la placita.

Pero, para nuestra desgracia, habíamos tardado mucho y ya no quedaba una piba que valiera la pena libre. Así que nos tocaba esperar, como buitres carroñeros, a que alguna dejara plantado a su pareja de baile para caerles, literalmente, encima. Y en eso estábamos, cuando alguien divisó a un bombonazo apoyado en la balaustrada en un extremo de la plaza… “¡Coñóoo, fuerte jembra!”…

De la niña en cuestión sólo veíamos la cara, de rasgos muy canarios- o sea: boca grande de labios carnosos; ojos inmensos y negros como noche sin Luna; pelo “enrizado” etc. etc. etc.- y una hermosísima pechuga enmarcada por sus brazos cruzados justo debajo de donde terminaban las glándulas mamarias, como para hacerlas resaltar aun más…

Todos salimos disparados hacia donde se encontraba, pero Manolo “El Papío” se metió entre las parejas danzantes y el muy cabrón llegó el primero. Cuando yo arribé jadeando- no sólo por la carrerita, sino supongo que también por el deseo- Manolo ya estaba hablando con la pibita y esta le sonreía tímidamente, pero complacida… Así que me dediqué a buscar otra presa a la que pegarme como una lapa.

Después de dos o tres muchachas con las que sólo alcancé a bailar un par de piezas- pues se excusaban con el rollo de que estaban cansadas; o alegaban que sus madres no las dejaban bailar con la misma pareja más de dos veces- me acerqué a una que, literalmente, me llamaba con la mirada. La piba en cuestión, todo hay que decirlo, nunca habría ganado un certamen de belleza, pero eso a mí me importaba muy poco. Lo realmente importante era poder sentir cerca de tu hambriento cuerpo, a otro cuerpo joven perteneciente al sexo prohibido… y no crean los que aun no han llegado, o acaban de llegar, a peinar canas que exagero con lo de prohibido: en aquellos pacatos tiempos, rozarse siquiera con una fémina era todo una hazaña y entrañaba, incluso, ciertos riesgos físicos.

Me vino de perlas que la primera “pieza” que bailamos fuera el tango “Caminito”, porque ya se sabe que el tango propicia el contacto corporal. Mi mano izquierda tomó su áspera mano derecha, le pasé decididamente mi otra mano y mi brazo por su cintura y la acerqué, sin resistencia, a mi terreno. Me sorprendió comprobar que no me ponía “el freno”- casi todas las chicas practicaban esta táctica contra los aprovechados y la cosa consistía en situar su mano izquierda en el hombro derecho del pollo en cuestión, a fin de contrarrestar su abrazo de oso y mantenerle bien “aseparado” de las zonas vitales-

Ni la piba ni yo habíamos bailado el tango en nuestras cortas vidas -todavía yo no había recibido las lecciones magistrales que sobre él me dio, años después, en los bailes de Educación y Descanso, África La Churra-, así que tropezábamos continuamente, lo cual, lejos de ser un inconveniente, era algo realmente gratificante, pues, en esas faltas de sincronía, su pecho y su vientre se estrellaban contra el mío, absolutamente ávido de recibir esos reveladores impactos.

Poco a poco me fui llevando a la pibita hacía el centro de la plaza, hacia el núcleo de los danzantes, para perdernos de las miradas vigilantes de su madre y de su feísima hermana mayor- que no bailaba por obvias razones-. Por allí me encontré con el resto de la pollada con los que intercambié, por encima de los hombros de nuestras respectivas parejas, imperceptibles señas de asentimiento y regodeo… El único que faltaba era Manolo el Papío. El hombre seguía de cháchara con la pechugona, apoyado, muy recatado él, en la balaustrada de la plaza.

Cuando mejor estaba yo, con la muchachita metida ya en tablas, extasiado de tanta cercanía y rozándonos, de vez en cuando, los cachetes, vino la jodía hermana a decirle- con regocijo de primitiva maldad en la mirada y  mientras le tironeaba la manga de la rebeca: Chacha, maye dice que ya nos vamos pa´casa”. Yo, apresuradamente, le pregunté que dónde vivía y si su madre tendría inconveniente en que las acompañara. Ella me contesto en voz baja y de forma melosa, que vivía “A un tiro de piedra” y que iba a preguntarle a su madre. Me mantuve alejado mientras hablaban entre las tres y solo me acerqué cuando la piba me hizo señas de asentimiento con la cabeza.

La vieja ni contestó a mis buenas noches y echó a andar ligerita, seguida por la fea y, algo más distantes, por nosotros dos…¡chacho, chacho, chacho! ¿a un tiro de piedra?... casi llegamos a Arucas… Ahora, eso sí, yo por el camino me cobré las suelas que estaba gastando. Al parecer tanto la vieja como el “mostro” de la hermanita, se olvidaron de controlarnos y jamás volvieron la cabeza en todo el largo trayecto para ver que hacíamos, así que fuimos cogiendo confianza y, mientras caminábamos por la orilla de la carretera, nos dimos banquete- por cierto, a resultas de aquel “banquete” inconcluso, yo agarré una orquitis del carajo parriba, diagnosticada al día siguiente por Don Ramón Jiménez, pero ya ese es otro cuento.

Cuando volví a la plaza donde ya había concluido la verbena- cansado pero exultante- me encontré con la jarca de Guía en un ventorrillo jincándose la del estribo. Un minuto después de haber llegado yo, apareció un Papío también feliz…”Chacho ¿y por qué no bailaste con la piba…?- le preguntamos todos a una- y él se quedo mirándonos sonriente, con aires de superioridad, pero sin  contestarnos, y así estuvo un rato interminable, hasta que alguno, insistiendo, le preguntó: “Bueno ¿ qué, la ordeñaste o no…? Ahí Manolo se descompuso y casi echando espuma por la boca vociferó: “Pero coño ¿es que ustedes no piensan en otra cosa,  salidos de mierda?”... Nos quedamos todos atónitos ante lo que nos pareció una reacción excesiva y nadie dijo nada hasta que le oímos exclamar con pena: “No bailé con ella porque la pobre tenía un defecto”… “¿Un defecto? qué coño defecto ni que na, estaba buenísima”- le gritamos todos otra vez casi al unísono- hasta que él, con tristeza asintió:“Sí, estaba buenísima, pero tenía una pierna ortodoxa, ¿vale?”... “¿Una pierna qué, Manolo”…  “Coño, bobosdemierda, una pata metálica, una pata ortodoxa, ¿estamos?…¿no saben que coño  es eso…? manada de mamones, ignorantes del carajo”…

Desde entonces, no hay reunión anual de los pocos que ya vamos quedando de aquel desbocado curso del Instituto Laboral Sancho de Vargas, en que no salga a relucir, entre otras muchas, la “aneSdota” de la chica con la patita “ortodoxa”.

Ha dicho.


Modificado el ( miércoles, 31 de diciembre de 2008 )
 
 
 



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