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jueves, 30 de agosto de 2007

El huevo milagroso (y 4)

Javier Estévez

No te miento si te aseguro que a día de hoy, continúo sin saber cómo pudo urdir, tan velozmente, la trama que desembocó en este impresionante esperpento. Yo hubiese necesitado varios siglos para tejer semejante fábula. Ahora pienso que puede ser una cualidad consustancial del nombre Juan porque sólo a él se le pudo ocurrir dar pábulo con semejante extensión a esta infantil patraña, que donde comenzó, tuvo que haber finalizado. Sin embargo, mi tío Juan, lejos de contentarse con lo sucedido, introdujo nuevos ingredientes cultivados, con innata picardía, en su ocurrente imaginación.

Mientras se estiraba suavemente los extremos curvados de su bigote, para dar cierto aire de preocupación y meditación a un tiempo, se dirigió a Marquitos Mendoza con voz grave, accidental y fingida: Marquitos, para saber si estamos ante un complot celestial o, ante uno de los múltiples artificios de los que se vale el demonio para introducirse imperceptiblemente entre nosotros,  necesito, ahora más que nunca, tu apreciada colaboración. Creo que esto es más serio de lo que pensamos. Mientras yo regreso con el huevo a la tienda, tú deberás transmitirle a las siguientes personas, la verdadera naturaleza y trascendencia de este enigmático acontecimiento.  Será  imprescindible que cites, al mediodía en mi comercio, a los siguientes próceres, que afortunadamente caminan hoy en nuestra ciudad: mencionarás al párroco Martín Morales, que aunque haga tan sólo unos meses que la divina providencia lo destinó a  estos solares de dios, he observado que detrás de sus gafas de anticuario se baten unos ojos insondables que denuncian una sorprendente sabiduría geológica. Por su responsabilidad ineludible, también deberá asistir D. Fernando Guerra, nuestro ilustre e irreparable alcalde; y, por último, al notario de mandíbula carolingia y seseo soporífero, pues sospecho que sobre las letras y su condición no habrá nadie en esta jurisdicción que alcance su saber. Y por favor, pídeles, ante todo, que sean puntualmente prudentes.

No había terminado de pronunciar la última sílaba de su improvisada alocución, cuando, las cosas inexplicables que sólo suceden en los pueblos disfrazados de ciudad, la noticia del huevo huero se había movido ya con tanta rapidez y efectividad que había llegado hasta la comarca de Las Tirajanas. En la plaza de los Álamos y en su rémora de las Ventas, se creó tal alboroto y bullicio que muchas mujeres pensaron que, inesperadamente, pues de esa forma transcurrían antes los días, era jornada de mercado. Vinieron curiosos hasta de los pueblos meridionales, emplazados a varios días de distancia y la prudencia exigida por Juan murió nada más nacer, pues según supo después, su mujer tuvo que pedir auxilio al regimiento militar debido al tumulto dilatado y expectante del vecindario que se había instalado frente a su venta.  

Una vez reunidos en la tienda, Juan mostró el huevo entre sus manos mientras les pedía a los escogidos que por precaución, no lo tocaran. El alcalde observó el huevo con tanta turbación y estupor, que tuvieron que conducirlo entre apuros y vientos inevitables, al excusado. El párroco, que llegó el primero ante la desproporción de la noticia, trató de encontrar, sin éxito, una respuesta decisiva entre los múltiples tratados ecuménicos, catecismos redundantes y sentencias canónicas cuyos veredictos provenían de los más altos y conspicuos tribunales eclesiásticos. Por último, el notario, con una postura que acentuaba su redondez e ingravidez, al hacer coincidir sus manos sobre su trasero, y refiriendo su discurso más a la débil cruz dibujada tardíamente que a las letras ovíparas, habló de un francés trasnochado y medieval que gastó gran parte de su vida en pronosticar acontecimientos apocalípticos. Según contó, mientras se ajustaba sus tirantes inverosímiles, este gabacho de apellido impronunciable había previsto la aparición de una Cruz Cósmica que anunciaría el fin del mundo. Tras pronunciarse el notario, hubo que acercar una batea inimaginable al regidor municipal ante la recurrente e imprevista disentería.

Ante la irresoluble incógnita en que se había convertido el huevo premonitorio, mi tío Juan abrió las cuatro puertas de su comercio y dirigiéndose a la multitud, que llenaba no sólo la plaza contigua sino todos los caminos y veredas que por su tienda transitaban, volvió a hacer gala de su pasión por el orden y su estructura, y organizó una fila única que entraría por la puerta de oriente, pasaría frente al huevo expuesto en una cesta inclinada, que hacía de nidal improvisado, y saldría por la puerta opuesta, orientada a occidente, para así evitar aglomeraciones innecesarias y multitudes opresivas.

El único que no participaba del acontecimiento era el párroco, que seguía nublado tras sus estudios estériles pero extensos, pues mientras él buscaba y rebuscaba, ante el mostrador desfilaron los personajes más simples, los menos frívolos, otros de espíritu áspero e incorregible, y hasta una estirpe imprevista de visionarios testarudos y ministros taciturnos. Una señorita de cofia y delantal que se presentó con una cesta llena de guata, solicitó, de parte de la mujer del notario, el alquiler temporal del huevo para poder analizarlo detenidamente en su casa. Mi tío, terriblemente ofendido, no sólo expulsó de malas maneras a esta inocente remitida, sino que le espetó algo así como: ¡el huevo no es ningún juego, señorita!

También se acercaron multitud de enfermos transitorios e hipocondríacos crónicos que arrodillados frente al huevo y con las manos apoyadas en el mostrador, solicitaban, entre lágrimas y cánticos incomprensibles, la curación definitiva de sus dolencias refutadas y de sus ensoñaciones argumentadas.

El paroxismo de esta comedia se alcanzó cuando coincidieron frente al huevo, un grupo de ateos inexpertos que recobraron su fe distraída tras escuchar a la mujer del notario, que empujada por la curiosidad y por el fracaso de su tentativa, jurar por todos sus muertos, que aquella ortografía era, sin equívoco alguna, la de Santa Teresa de Jesús.

Toda esta parodia finalizó cuando mi abuela Leonardita, a la que inevitablemente había visitado también la noticia, sin reconocer ésta su origen, se presentó con su luto perenne, bajo el quicio de la puerta principal. Dos zancadas, más que pasos largos, le bastaron para acercarse hasta el mostrador, alongarse, coger el huevo con rotundidad y desmoronarlo ante la mirada avergonzada y desmantelada de mi tío.

Tratando de acribillar el silencio impagable que se instaló en su tienda, Juan comentó a su madre, con inusual vergüenza  y mientras introducía los dedos en un saco de arbejas: Pero no se ponga así madre. Es una broma como otra cualquiera. O cree usted que me pueden detener o excomulgar por ello. Y mi madre, que nunca fue una mujer culta pero sí certera, le contestó, tras provocar un choque de miradas entre ellos al levantarle sutilmente el mentón reclinado: No Juan, puedes padecer algo peor: la ignominia, hijo mío, la ignominia.

Javier Estévez, agosto de 2007.


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Modificado el ( miércoles, 31 de diciembre de 2008 )
 
 
 



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