Inicio arrow Prosa arrow Relatos arrow El huevo milagroso (2). Javier Estévez Ciudad de Guía, 17 de noviembre de 2019

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martes, 28 de agosto de 2007

El huevo milagroso (2)

Javier Estévez

Toda historia, como toda andanza, tiene su inevitable comienzo. El episodio del “huevo milagroso” se inicia legítimamente con la visita de mi abuela Leonardita, acompañada por mi madre, Juana, que entonces contaba con tan sólo diecisiete años, a una sobrina suya de nombre Wenceslá que vivía, en el año 1913, cuando todo sucede, en Moya. Por aquel entonces, los protagonistas de esta historia eran personas que disfrutaban de una cómoda condición, ya que no soportaban ninguna dificultad para sobrevivir. Mi madre y cuatro de sus ocho hermanos vivían en una casa terrera y sobrada, que aún perdura, aunque vergonzosamente abandonada, donde dicen la Vega Grande.

Al llegar a casa de la sobrina de mi abuela, mi madre, que andaba siempre sin sombra debido a su pertinaz inquietud, descolgó de una pared de la cocina un calendario que tenía tantas hojas como días presentara el año. Eran de ese tipo de almanaques que pretenden instruirte mientras deshojas mecánicamente al tiempo. El azar quiso que ese día, aún figurara la hoja de la jornada anterior donde se exponía una vieja receta, de origen incierto, que revelaba a regañadientes el secreto para escribir frases imposibles sobre los huevos. Wenceslá se percató de la curiosidad de la joven y abriendo el enorme cajón de la mesa tocinera, sacó un huevo que aguantaba en su cáscara los siguientes términos: este huevo lo puso la gallina negra. Ni mi abuela ni su sobrina pudieron entonces imaginar, y menos calibrar, la historia que acababan de prologar.

A pesar de que aún restaban unas horas de luz, pues el sol aún estaba penetrante y diagonal, mi abuela decidió retornar a Guía, pues esperaba que con el derrumbamiento del día llegaran, para pernoctar, unas hermanas de pensamientos trabados y espesos, que respondían sonoramente al apodo de Las Canelas. Tan pronto llegó a oídos de mi madre la noche que gastarían estas hermanas en su casa, pergeñó la burla más contumaz que ha sufrido esta comarca en los últimos veinte siglos de su existencia.

Tras un regreso polvoriento y pedregoso, y nada más apearse de la acémila tras pasar bajo el arco rebajado del alpendre, sin anuncio alguno, corrió hacia el corral para pertrecharse de algún huevo que aún hubiese en el nidal. Percatose rápidamente, pues mi madre tenía buen ojo para los trajines del corral, de la existencia, en el nido de las gallináceas, de un huevo huero, vano, vacío, el que por enfriamiento se pierde en la incubación. Con el huevo en uno de los bolsillos de su delantal, entró de esquivo en varias dependencias de la casa para apoderarse de las herramientas rentables y necesarias que le permitiesen ejecutar puntualmente la candonga que les gastaría a las hermanas retardadas.

A hurtadillas, pasó por la cocina para apoderarse de un pedazo de manteca de cerdo sin sal, un vaso de vinagre, que cogió de la alacena, y una botella vacía de las reservadas para recoger agua del naciente. Siguió su ronda sigilosa por el escritorio de su padre, que a esas horas rondaba por los callejones sin suerte de su ciudad inédita, y consiguió, al verla tendida sobre el buró, una pluma palillera de guirre, regalo prescindible de un notario atribulado. Volvió astutamente al corral, sin levantar sospechas, y con una vela y una cuchara, calentó el sebo del cochino para licuarlo y tintarlo. Con el dedo gordo e índice de la mano izquierda soportó el huevo, mientras que con la pluma ya cargada escribió rudamente sobre el cascarón una frase que concibió como terriblemente agorera. Tan sólo restaba el momento definitivo y sublime; para cumplir fielmente lo establecido, sumergió, sin aviso previo, al huevo durante un cuarto de noche en el mar de vinagre.

Para no levantar sospecha alguna, en vez de volver a la casa, donde andaban repartidos su madre y sus hermanos, se dirigió hacia un pequeño cuarto disperso y allí se dispuso, mientras el tiempo y el ácido acético actuaban sobre los carbonatos oriundos de la cáscara, a lustrar todos los aperos de labranza concernientes a la tierra.

Mientras bruñía y se esmeraba en la limpieza de esos aparejos agrícolas, unas voces se introdujeron girando y girando por el único hueco que presentaba el ancho vano del cobertizo. Inmediatamente, desempolvó de las repisas de su memoria todos los registros auditivos almacenados hasta encontrar el correspondiente a esas voces saladas y marineras. Así las identificó casi al tiempo que se introducían a empellones en sus oídos: las moscas. Estas primas lejanas suyas eran unas alcahuetas del demonio, pues tan grande era su ignorancia que todo lo relacionaban con el demontre, con hechizos desatinados y con el negro encantamiento. Temerosa de que se encontraran con el huevo anotado, resolvió sacarlo del vinagre para incrustarle una cruz sobre el mensaje grabado de forma soez a la manera cervantina. De este modo, consiguió defender las letras tanto de voluntades tenebrosas como del temido fuego eterno.

La noche espesa se sentó sobre la isla y entonces, cuando las estrellas retozaban sideralmente en el firmamento, Juana sacó el huevo, sumergido con alevosía y con un fragmento de nocturnidad en el caldo avinagrado, y entre risas malandrinas y plumas desvanecidas, levantó a la gallina para poner bajo ella el huevo con el dictado grabado en relieve.

La noche devino en luminoso amanecer y antes de que el día sucediera definitivamente a la noche, el canto del gallo, atravesando como pudo la relentada, avisó del comienzo de una jornada que, desde tiempos irreconocibles, sería, de manera casi ineludible, similar a la que inevitablemente ocurrió.

Entonces sucedió lo que Juana esperaba. Una de las Canelas, que habían dormido en una de los cuartos perdularios del bajo, se acercó al nidal para recoger lo dispuesto por la gallina y se encontró no con un huevo cualquiera, sino con el que mi madre había ilustrado. Asustada, llamó a Manuel, el ovejero, que se preparaba para sacar el ganado a pacer. Yo no sé leder,  pero letras son, concluyó el pastor, con su acostumbrada parsimonia y brevedad, antes de empezar a bastonear al hato hambriento.

Para finales de ese año se había planeado la boda de  nuestros padres. De esta manera, se habían vuelto muy frecuentes las visitas de la familia de mi padre a casa de mi madre y viceversa. Esa misma mañana, tan temprano como el huevo fue descubierto en el nidal, mi abuela paterna, acompañada por dos tías nuestras, rindieron visita a Leonardita. Mientras hablaban de zagalejos, capotillos, casaquillas y justillos, las Canelas, alucinadas con la gallina ponedora, trataron de abandonar la casa y el huevo, no sin antes mostrarle el milagro referido a dos jinetes que con sus monturas aletargadas, por allí coincidieron, aunque llevaran rumbos opuestos, pues mientras don Ramón cabalgaba a Gáldar, Marquitos Mendoza se dirigía hacia la cercana ciudad de Guía. Las hermanas, demoradas en inteligencia y con cierta tartamudez mental, les ordenaron parar, desmontar sus caballos y mirar el huevo huero rayado. Los ojos de Marquitos Mendoza tanto se agrandaron, por lo que a través de ellos veía, que D. Ramón se apartó unos pasos de él no fuese se le vayan a salir de sus cuevas y yo se los pisara. Encrespado, preguntó a la mayor de Las Canelas: Señora, pero ¿quién puso este huevo? Fiel a la verdad y a su limitada razón, respondió ésta: Pues, una gallina, señor; quién si no.

Javier Estévez, agosto de 2007.


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Modificado el ( miércoles, 31 de diciembre de 2008 )
 
 
 



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