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sábado, 26 de mayo de 2007
Música de Papagüevos

GEOGRAFÍAS

Santiago Gil
            

A veces uno quiere escribir sobre el amor y acaba escribiendo sobre la muerte. Otras nos planteamos un argumento hilarante y divertido y terminamos penando por las esquinas con un personaje patético que no da una a derechas. Pero también de vez en cuando sentimos cómo tiembla una historia antes de que la escribamos. Es como si nos llamara a gritos, o como si nosotros sólo fuéramos el médium del que se vale para contarse a sí misma tal como ella quiere ser contada. Resulta complicado y misterioso todo este proceso de la creación, y sin duda es siempre sorprendente. Por eso no dejamos de escribir, o de recordar, que también es una forma de hilvanar historias más o menos inventadas. Pasaba lo mismo con la geografía que nos trataban de inculcar en nuestra infancia. Los profesores se empeñaban en enseñarnos el globo terráqueo para demostrarnos que la tierra era redonda, pero luego nosotros veíamos o imaginábamos lo que nos daba la gana. Yo de niño nunca concebí que la tierra fuera realmente redonda. Teníamos miedo a caernos por cualquier parte de la esfera a medida que iba girando. O bien te quedabas pensando cómo diablos nos podíamos quedar bocabajo y no darnos un tortazo o acabar descalabrados contra el suelo. Como no lo veíamos claro no lo creíamos. Decíamos que sí, que lo entendíamos, y cuando había que ponerlo en los exámenes se ponía y santas pascuas. Pero para nosotros la realidad geográfica era sólo la que íbamos experimentando a medida que descubríamos el mundo más cercano. Yo recuerdo, por ejemplo, que a mí no había quien me convenciera de que la montaña de El Gallego era Galicia. Y me daba igual que me llevaran hasta allí o me colocaran al lado de la ermita de San Juan señalándome la cercanía. Cuando yo veía los mapas no estaba viendo los límite de Lugo, Orense, La Coruña y Pontevedra. En mi mente, fuera de la abstracción del mapamundi, lo que aparecía era El Gallego. No concebía las distancias, y al fin y al cabo si ellos decían que era todo redondo yo también me creía con derecho a poner los lugares donde yo los tuviera controlados. Eso sí, más allá de la montaña de El Gallego me imaginaba el Cantábrico, y mucho más arriba Inglaterra, Escocia y el Polo Norte, que en mis elucubraciones venía a quedar a la altura de Moya o de Fontanales. Cada nueva calle que íbamos descubriendo era un país o una región nueva en nuestra geografía mental. Lo otro ya digo que nos lo aprendíamos de carrerilla para aprobar los exámenes, todos aquellos coñazos del mapa físico con ríos, regiones montañosas y mil nombres rarísimos que olvidábamos segundos después de escribirlos en los exámenes o de repetirlos como una letanía en medio de la clase. Ya de entrada nos costaba dios y ayuda entender lo era un río y lo que era una península. Y nos fastidiaba que nunca aparecieran en los mapas el barranco de Las Garzas o el Pico de La Atalaya. Entonces sí que no se daba nada de geografía de Canarias, por eso no nos quedaba más remedio que inventárnosla o que recolocarla en los mapas que nos enseñaban. De lo contrario nos podíamos volver locos estudiando una realidad que ignoraba por completo nuestro mundo, no digo el más cercano y casero, sino incluso el insular y el regional. Las Islas Canarias aparecían entonces a la derecha de Valencia, y ahí las tuve yo situadas hasta que me las cambiaron de la noche a la mañana y las colocaron en otro recuadro, esta vez debajo de Cádiz. Cómo querían que creyéramos en la geografía si lo que nos habían enseñado de primero a quinto de egebé nos lo cambiaban de golpe en sexto y nos movían del mapa el lugar donde vivíamos. Así es normal que los canarios de mi generación no hayamos confiado mucho en la geografía, y que por supuesto nos negáramos a admitir que el planeta era redondo, o que giraba alrededor del sol. Siempre estaba quieto, y el único sol en el que creíamos era el que aparecía por el Albercón de la Virgen y se escondía por la tarde en las montañas de Tenerife.

    La nueva ubicación de nuestro territorio fue otro de los muchos cambios que se produjo en ese paso del franquismo a la democracia que nos tocó vivir a los niños de los setenta. No todo el mundo tiene la suerte de pasar por la vida y de haber vivido en dos sitios diferentes del planeta sin haberse movido de su casa. Nosotros sí, nosotros hasta los once años tenemos nuestros recuerdos en la cuenca mediterránea, y se supone que fue allí donde hicimos la primera comunión y metimos nuestros primos goles por la escuadra. Luego, a partir de los doce años, todo lo que fuimos viviendo ya se desarrolló en la costa norte de África, más o menos frente a Cádiz. Y un poco más tarde, cuando teníamos dieciséis o diecisiete años, ya nos bajaron un poco más abajo y nos colocaron donde estamos ahora. No sé el tiempo que duraremos aquí, por eso hay que vivir intensamente cada minuto que nos están regalando en este punto de encuentro entre tres continentes en el que se supone que estamos. Uno teme que cualquier día de éstos nos rueden más abajo y nos dejen a la deriva, o bien que nos suban y se empeñen en colocarnos al lado de Estocolmo haciéndonos más fríos y silenciosos. Así es normal que creamos en San Borondón. Al fin y al cabo es una isla que nunca ha engañado a nadie ni se ha dejado colocar en un mapa para que acabaran jugando con sus contornos como si fuera un Monopoly o un parchís. Ella aparece y desaparece, como para que sepamos que está ahí, pero no se deja trazar nunca por los geógrafos. Nosotros desde que éramos pequeños teníamos claro que lo más creíble de nuestra geografía era San Borondón. La queríamos atisbar detrás de todos los horizontes, o en las costas de Sardina, el Puerto de Las Nieves o Roque Prieto. Después de lo que hemos vivido sabemos que la geografía no es más que un engañabobos que utilizan para movernos a su antojo por todo el planeta. Por eso nadie logra que reneguemos de la magia, la felicidad y la apuesta por la paz y la armonía de San Borondón. San Borondón sigue siendo nuestra única esperanza. Nos da lo mismo que sigan sin colocarla en los mapas.

Mayo de 2007.

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Modificado el ( domingo, 27 de mayo de 2007 )
 


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